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28-09-2013 15:43hs
ESCRITOS A FAVOR DE TODO
El poeta de Caviahue
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Por Federico Pita
federicopita@edicionnacional.com

  Acomodé las cosas, fui a buscar una valija para subirme por primera vez a un avión. Puse lo justo, no tenía mucha ropa y menos de abrigo. Tenía que viajar a Caviahue por el diario. Una compañera me cedió el viaje, porque, yo, señora, soy el mejor. Y así, con la humildad que me caracteriza pedí un taxi para que me pasara a buscar a las 5:45 de la mañana. Todo un desafío levantarse cuando todavía es de noche. Le puse un candado malísimo al bolso y me fui para aeroparque. 

  Me encontré enfrente de aerolíneas Argentinas con el grupo de periodistas que iban a cubrir el viaje. Era muy temprano y prácticamente no hablamos. Es lo normal para seres humanos.Subí al avión y me acomodé en mi asiento, por suerte con un solo acompañante, mucho más curtido en viajes que yo, porque cuando le dieron la vianda la liquidó en diez minutos, comía como los presos. Después me di cuenta que era el tiempo que los energúmenos de los azafatos te dan para comer y retirarte todo (todo mal con el azafato, yo estaba durmiendo y me  empezó a gritar qué querés tomar, ahhh). 

  Llegamos y nos subimos a una combi, en Neuquén. Para llegar teníamos cinco horas de viaje. Me puse a leer un libro de Henry Miller al que leo con devoción. A medida que avanzábamos se me  iban congelando los pies y las piernas. El paisaje no ayudaba para mucho y me puse a dormir.Una vez en la ciudad nos llevaron a los hoteles a dejar nuestras cosas. 

  Caviahue es una ciudad muy chica, que tiene nada más que 27 años de vida. Es un cráter. Un volcán explotó por demás y se auto destruyó. Ahí armaron el centro turístico. A medida que uno empieza a hablar con los habitantes surge cierto hilo de ruptura. La mayoría se escapó de Buenos Aíres. Un bioquímico largó la multinacional y se vino a hacer cerveza artesanal. Los guías también son de Buenos Aires, las mujeres que limpian en el hotel son de Santiago del Estero.

  Las ciudades chicas tienen el horror de tener todo muy claro. Éste es el chorro, aquel es el bueno, el otro es el malo, y así, aburrido por dónde se lo mire. Todos te dicen que están bárbaros pero cuando te ven se largan a hablar hasta por los codos, eso es signo de soledad, absoluta. Cuando se escapa de algo, hay que estar preparado. Porque, en fin, lo más fácil es escaparse. Trasladar un cuerpo, convivir con él, con el espejo, implica conocerse a uno mismo. Lo más duro y menos deseado. El problema es que, si todos son buenos, uno empieza a buscar el costado de la maldad. Uno quiere ver algo dañino para que el escenario sea verdadero. Tanta sonrisa, tanta amabilidad, por algún lado tiene que salir. Uno espera encontrar un pájaro muerto en la calle, un perro, algo. ¿Serán tan felices o se resignaron a eso?

  Buscando algo distinto pregunté por algún bar. Me dijeron que a dos cuadras de donde estaba había uno y fui para allá. Ahí me encontré con el poeta de la ciudad. Un hombre viejo, con la espalda cagada a golpes. Tenía como brújula un vaso de cerveza y la mirada hundida en el ventanal. Me acerqué y lo saludé. Bajó su cabeza y me ofreció sentarme. Pidió otra cerveza y me dijo, nunca, pero nunca… y no terminó la frase. Me miró y tomó un trago largo. Aclaró la voz y empezó a hablar. Me contó de sus viajes de juventud por Colombia, habló del gran Andrés Caicedo, un escritor que se suicidó a los 25 años. 

  Hablamos de” Que viva la música”, su única novela, de su suicidio y el poema que le dedicó.Pedimos otra cerveza y el bar ya estaba lleno. Manuel traía el suministro y anotaba a nombre del municipio. El poeta sonreía y borraba de un tirón su sonrisa, como una máquina de escribir cuando se le termina el ancho de la hoja. Yo le decía que la ciudad me parecía aburrida y él me hablaba del amor. 

  Anotá, me decía, anotá,: el amor es una suposición, pura, cansadora, sinuosa, que actúa como un ciego; va tanteando con las manos en la oscuridad y logra abrir puertas y ventanas, y después, con el mismo mecanismo, las va cerrando. La suposición es la mejor arma - decía con ojos jóvenes-  porque no se casa con nadie, jaaaaa, con nadie. A mí me traicionó muchas veces, me tiró al piso y después me dio la mano para levantarme, entendés lo que te digo, y chasqueaba la lengua. Y Manuel se acercaba sin llamarlo y el humo de los cigarrillos nos tapaba la cabeza. El poeta perdía el hilo y retomaba después de un trago…
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