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02-10-2013 18:18hs
ESCRITOS A FAVOR DE TODO
Quizás porque
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Por Federico Pita
federicopita@edicionnacional.com 

  El otro día pude comprar un libro que quería leer hace rato. El nombre no importa. Y tampoco importa que la muchacha que me lo iba a prestar, no lo hiciera. Se olvidó. Antes de venir para San Nicolás, en Retiro, pregunté en varios puestitos que siempre tienen de todo, pero no lo que buscaba. Después al final, casi escondido, encontré uno y pregunté, ya sin esperanza, apurado porque mi colectivo ya estaba en la plataforma. 

La piba que atendía me miró, pensó, se tiró atrás y lo sacó como si lo hubiera pescado del río. Nos reímos. Yo le dije que no estaba en condiciones de pagar tanto -y digamos- no es que el libro no lo valiera, y di vueltas hasta provocarle una mueca. Ella dudó, un rato, la gente se estaba subiendo al colectivo, le dije que ya no había tiempo, que todo estaba en sus manos –el libro inclusive-.Subí al colectivo, no había comido nada, ya eran las tres de la tarde, se me había pasado el almuerzo, y ya sentado la panza me hizo acordar. 

  En el asiento de atrás, iban un pibe y una señora, que tampoco habían comido, pero fueron más precavidos y se llevaron una vianda. Sacaron unas papas fritas que me ametrallaron. No importa, me dije, en tres horas estoy en la terminal. Yo odio las terminales, son grises, y siempre hay gente esperando algo, o a alguien, sentadas mirando sus relojes, el tablero rojo, impacientes, acodados a las ventanillas, mirando por los ventanales, desilusionándose a cada rato, esperando los carromatos de dos pisos. 

  El humo de los cigarrillos, y la televisión a todo lo que da. Y una voz que anuncia la llegada, y el egreso, y las postergaciones. ¡Las postergaciones! Y todo eso que esconde una terminal (que realmente esconde muchas cosas), barajadas en esa rutina diaria que no vemos, porque siempre estamos de paso, pero que otros conocen porque la viven y reniegan de todo eso.El que vende gaseosas me lo dijo, por lo bajo, pero me lo dijo, y yo no supe qué decirle, no supe cómo palmearle la espalda, el ánimo. 

  Ahí viven esos tipos, como el de la gaseosa, que se ganan la vida, y parte de mí se queda ahí, con el de la gaseosa, el que labura en la estación de servicio, que agarra el surtidor a las cuatro de la mañana, y no llega a fin de mes, con el del peaje que toma mil bondis, cada vez que los veo me quedo con ellos, un poco de mí se queda a su lado. Siempre denostados, escupidos con miradas rancias, laburando la noche, la mañana, el día, y las miradas por arriba de los hombros, solo eso les queda. Para volver paleando una tristeza, inexplicable, detrás de los ojos, con el lomo cagado a golpes, eso que muchos no entienden. 

  La mina que va en el tren a limpiar casas, cansada, sin mirarse al espejo, sabe que no quiere más eso, pero sigue, se levanta, y deja los fracasos por un rato, para que la suerte se le cague de risa, y después vuelva y todo sea como antes, con la luna que cae y el día que termina, y así, así, de oscuro todo, por eso, quizá soy amigo de ellos y me quedo, me quedo un rato, con la mirada perdida, como tomando impulso, tomando ese valor, que a veces no tengo, pero que tanto busco.Ahí parado con el tipo de las gaseosas que me contaba sus tristezas, su descalabro. Y sus días de felicidad y tormento lindados por una fina línea que no se deja ver. 

  Me lo dijo, así, por lo bajo, pero me lo dijo, y me contó tantas cosas, y subí tarde al colectivo, me putearon, me refugié en la butaca nueve, ahí en la ventanilla. Yo viajaba porque mi hermano más chico terminaba la escuela y se hacía esa fiesta que todos hicimos alguna vez cuando terminamos la puta escuela. No tenía traje, y esa era la cuestión que intentaba solucionar mediante mensaje de texto, hasta que me informó un cartelito que no tenía eso que llaman crédito. A partir de ahí me puse a leer el libro. 

  La chica le bajó el precio, y yo le prometí que a la vuelta iba a brindar con ella, con una sidra. Pero que íbamos a tener que esperar que se enfriara en el bar que estaba enfrente. No sé cómo se llama, pero me dijo que iba a estar ahí. Leí cien páginas, me sumergí rápido, evitando el hambre y las papas fritas de los de atrás.
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