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14-11-2013 16:18hs
ESCRITOS A FAVOR DE TODO
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Por Federico Pita
federicopita@edicionnacional.com

Le mando un mensaje a mi hermano, a la madrugada, le escribo, cuando vuelva vamos a tomar una cerveza en el techo de casa. Me pregunta si estoy borracho.

Hoy llegué y subimos al techo. Fuimos al garaje, donde mi viejo guarda todo lo que no va a usar, y sacamos su escalera. Esto es un desafío le digo a mi hermano. Los perros también quieren subir.  

El patio tiene una galería y más atrás un baño. Por las tejas no podemos subir, porque no soportan el peso de seres humanos. Decidimos subir por el techo del baño. Ya estamos con la escalera. Sostené le digo, como si en sus manos depositara mi vida. Subí medio temblando. Ya arriba, le digo que suba, demostrando seguridad. Pienso que no hay que tener seguridad, sólo hay que mostrarla. Con eso alcanza.

Mi hermano sube, creo que es más hábil que yo. Ahora miramos y soltamos una risa. Bueno, hay que pisar el techo del quincho, al costado están las tejas naranjas de la galería y después viene el techo de la cocina, que es un techo a dos aguas. Pienso en el peinado de un amigo. Hay que tener en cuenta que los techos son terrenos desconocidos para casi todas las personas que habitan sus propias casas. Poca gente se sube a su techo.

Ya está, pasamos el quincho, atrás las tejas naranjas, atrás el techo a dos aguas. Ahora, según el diagrama de la casa, viene el otro garaje, el que vendría a ser también el frente de casa.  Ese techo tiene membrana le digo a mi hermano, como si fuera un terreno más seguro. Llegamos y está la membrana. No se ve mucho para la calle. Si, se ven  los árboles y se el edificio de enfrente, pintado de verde alga y un marrón sin vida.

Estamos en donde vamos a tomar la cerveza.
La cerveza está abajo.
Hay que bajar.
Hacemos todo el recorrido de vuelta. La escalera está en su lugar. Esa escalera tiene una anécdota. Una vez unos plomeros vinieron a casa a cambiar el termotanque. Yo y mi hermano estábamos en el jardín, porque mi vieja nos pidió que observáramos a los plomeros.

Uno de los plomeros, que era el que más sabía, se estaba pasando, quizá de capo. Y verdugueaba a su co-equiper. Un gordo humilde, con barba crecida. Que tenía un gorro de lana en la cabeza y en las manos un zamba. No me acuerdo cómo se llamaba el más capo, pero vamos a ponerle Vargas. 

Vargas estaba arriba, en el techo, y le indicaba al gordo que estaba abajo, que tenía que encajar el caño del nuevo termotanque. La cosa se fue poniendo espesa. Vargas le decía… y papi, subilo, papi, bajalo, papi, dale, papi. Y al gordo le temblaban las manos. Nosotros escuchábamos. Deja que me bajo y lo hago yo, ametrallaba Vargas.

El gordo decía que no, que necesitaba un poco de tiempo y que no le indicara todo junto. Yo quería ir y bajarlo a piñas a Vargas. De vuelta el…y papi, me extraña, papi…
Y cuando Vargas iba a bajar para humillarlo al gordo manos de zamba. La escalera  lo abandonó. Y 

Vargas, el del… y papi….me extraña….Quedó colgado y casi llorando… Y gritando ¡vení, dale, boludo, que estoy colgado! El gordo manos de zamba, fue corriendo como mujer golpeada, y perdonó a su golpeador. Y Vargas no se cayó.  Bajamos, buscamos la cerveza, las sillas y subimos. Destapé la cerveza y ya cayendo la tarde, un vientito venía del río. El edificio feo de enfrente estaba lindo, quizá era la cerveza, quizá la tarde. 
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